Un día después de la promulgación de la Constitución de 1917

      

    El presidente Andrés Manuel López Obrador encabezó en Querétaro el domingo pasado la ceremonia de conmemoración del 106 Aniversario de la Promulgación de la Constitución de 1917, acompañado por los representantes de los poderes Legislativo y Judicial, así como por los gobernadores del país, entre muchas otras personalidades. Con ese motivo, no es impropio recordar lo que pasó el 6 de febrero, pero del año 1917, cuando el país amaneció con una temperatura social muy alta, debido al malestar e irritación que causó entre los opositores la promulgación de la nueva Carta Magna.

     

    Por Ricardo Aragón Pérez / [email protected]

    Hermosillo, Sonora, 11 de febrero de 2023

    El presidente Andrés Manuel López Obrador encabezó en Querétaro el domingo pasado la ceremonia de conmemoración del 106 Aniversario de la Promulgación de la Constitución de 1917, acompañado por los representantes de los poderes Legislativo y Judicial, así como por los gobernadores del país, entre muchas otras personalidades.

    Con ese motivo, no es impropio recordar lo que pasó el 6 de febrero, pero del año 1917, cuando el país amaneció con una temperatura social muy alta, debido al malestar e irritación que causó entre los opositores la promulgación de la nueva Carta Magna.

    Ya antes habían sostenido un enconado duelo parlamentario; lucharon a muerte, con una artillería ideológica conservadora, por una Constitución a modo, pero no se salieron con la suya.

    Seguramente la clase política reaccionaria, incluyendo sus representados grupos tradicionales de poder fáctico, cuyos privilegios serían amenazados, tuvieron una muy mala noche; perdieron el sueño y pasaron horas en vela, quizás tramando en sus imaginarios perversos cómo descarrilarla, echarla abajo antes de que transitara de lo formal a lo práctico, de que fuera jurada y cobrara vida propia ante los asuntos públicos.

    Los primeros detractores visibles surgieron de entre los periodistas de cuño porfirista, artífices de una prensa golpista, incubada en el extinto régimen dictatorial, quienes hacían correr la voz de disidentes recalcitrantes, sumaban adeptos y alentaban movimientos contrarios a la Constitución, entre ellos chantajes y presiones políticas, intentonas bélicas y perturbaciones en la dinámica pública, incluso hasta sabotajes y boicots en las iglesias, cuyos clérigos opositores hacían la guerra ideológica, oral y escrita, desde el impoluto púlpito y sus sagradas publicaciones impresas, condenándola por sus herejías, injurias y demás extravíos pecaminosos.

    Las escuelas de enseñanza obligatoria y su orientación hacia una pedagogía laica, también fueron usadas como leña seca para avivar la hoguera social, tras la pretensión tendenciosa de socavar el artículo tercero y frustrar su contenido práctico, que dejaban en manos del Estado la rectoría educativa y la inculcación de ideas, valores y preceptos pedagógicos integrales: científicos y humanistas, contrarios a los saberes tradicionales, de facturación religiosa, en la que el fundamentalismo y la superstición, el fanatismo, la subjetividad y la sinrazón formaban el núcleo de su pedagogía.

    Más allá de impugnar la orientación educativa, el clero opositor también se inconformó contra el mismo artículo tercero, que prohibía la intervención educativa de maestros de su membresía en escuelas de enseñanza obligatoria, destinadas a hijas e hijos de familias campesinas, obreras y demás capas sociales desfavorecidas, cuya desobediencia traía consigo penas severas.

    Dueños de emporios mineros y pozos petroleros, de tierras productivas y manantiales de agua dulce, entre otros machuchones extranjeros y nacionales, no hicieron otra cosa más que chantajear y conspirar contra el gobierno, hasta obligarlo a dejar sin efecto práctico a la Constitución referida que, de golpe y porrazo, desconoció la validez de sus propiedades, amparadas en títulos porfirianos ilegítimos, al declararlas esencial y exclusivamente bienes nacionales.

    Aquel primer día, y los que le siguieron, trajeron consigo dificultades a gran escala. No sólo la paz y el bienestar se hallaban en vilo, la sociedad estaba muy dividida, el rencor y la venganza, el dolor y las heridas todavía no subsanaban y, qué decir de la confianza, aun no se recobraba.

    Por si eso fuera poco, los opositores no paraban de guerrear y dinamitar a mansalva la frágil vida institucional, motivados por un sentimiento revanchista.

    Heridos en su orgullo clasista y racista, no se resignaban aceptar que una muchedumbre irreverente les haya cambiado, para mal, su suerte, por lo que insistían en su lucha anticonstitucionalista, tras el deseo de preservar la añorada vida de privilegios y fortunas, que acostumbraban darse a manos llenas.

    Si bien, hacia los años de 1920, parecía que saldrían con la suya, echar abajo la controvertida Constitución de 1917, más temprano que tarde se percataron de que estaban equivocados.

    Contrario a las pretensiones de los anticonstitucionalistas, la Constitución política, en sus preceptos más progresistas y nacionalistas, cobró un grandioso ímpetu práctico, justo en los tiempos de extinto general Lázaro Cárdenas, un presidente formado y surgido de la revolución constitucionalista triunfante.

    Nota: El autor es Subsecretario de Educación Básica de la SEC en Sonora.


     

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